jueves, 6 de diciembre de 2012

La única solución para destruir al capitalismo es la violencia

Voy a ser muy sincero. Pese a lo polémico del título, y quizás también del contenido de mis reflexiones, espero que quién me tiene que comprender me comprenda. Entiendáse como violencia la resistencia revolucionaria, las huelgas generales, la desobediencia civil y unos ideales justos, críticos y firmes. Luego está el brazo armado del capital, que se llama fascismo y contra el cual es necesaria una violencia más física.

¿Cómo he llegado a esta conclusión?
Cuando comencé a interesarme por la política, a los 14 años, imaginaba una utópica España progresista, con una bandera tricolor y con partidos del estilo del PSOE, moderados. Por que al fin y al cabo, lo demás es extrema izquierda, y las ideas del PSOE son las únicas compatibles al capitalismo que yo tanto adoraba, comprado por el consumismo y alienado por la televisión. Mi sueño era una república laica y que mezclase el progresismo con un conservadurismo light.

Cuando comenzó la crisis económica, decidí ver dos documentales que me habían recomendado ver: Inside Job y Fahrenheit 911. El primero no lo comprendí, y el segundo me hizo cambiar mi punto de vista hacia los medios de comunicación. Muchos estaréis preguntandoos qué diantres tiene que ver el famoso documental de Michael Moore con los medios de comunicación. Es tan simple como que me percaté de que la prensa solía mentir, pues no es lógico que tantas obviedades tuvieran que salir a la luz por medio de un documental. Esto me animó a leer un libro clave en mi transformación ideológica y que, por cierto, recomiendo a todos: Desinformación, de Pascual Serrano. Realiza un recorrido por las noticias más importantes del 2009, a la vez que analiza su contexto. Gracias a esta obra maestra comprendí lo engañada que estaba la ciudadanía, además de aprender cosas básicas sobre Irak, Cuba, la Unión Europea etc. Como es lógico, al abrir los ojos dí unos cuantos pasos a la izquierda, y me volví casi tan crítico con el PSOE como con el PP.

Cuando comenzó la acampada en la Puerta del Sol, descubrí que, por mucho que la manipuladora prensa nos haya vendido la idea de que ''somos egoístas por naturaleza'', aquello no era si no una burda y dolorosa mentira. En aquel momento, ya tenía bastantes conocimientos históricos y políticos que me permitían ser el más sabio de entre todos mis conocidos, modestia aparte. Había cambiado, como ya he dicho, a El País por Público y Rebelión, a Keynes por Marx y a Zapatero por Julio Anguita. Cuba, Venezuela o la URSS ya no eran para mí los monstruos que me habían pintado en el colegio. Asumí que estaba alienado y que debía, por placer y por deber, informarme seriamente de la realidad social, económica y política actúal.

En seguida, y aquí viene una de las claves de mi reflexión, comprendí que debía estar al tanto de quiénes mandaban en el mundo y cómo lo hacían. Había un reducido sector social que no estaba dispuesto a permitir al pueblo acceder al poder. Descubrí, junto con muchos, a Goldman Sachs, a Emilio Botín, a la Comisión Trilateral, al lobby sionista o al Club Bilderberg. Los tentaculos de la plutocracia -ahora lo llamo plutocracia, pero anteriormente hubiese dicho ''los ricos''- se alargan hasta cualquier minimo detalle de nuestra realidad cotidiana. Educación, información, instituciones ,gran parte de los políticos, guerras, opinión pública... todo estaba en mi contra. Todo está en contra de lo democrático. ¿Qué hacer para cambiar las cosas?

Deduje que unas cuantas manifestaciones y otras tantas acampadas no afectarían en absoluto a la plutocracia ni cambiarían el regímen en el que vivimos. Entonces me acordé de los momentos claves de la Historia: Rusia en 1917, España en 1936, Francia en 1789, Cuba en 1959... Para destruir al capitalismo, para acabar con las injusticias, es necesaria la violencia, simplemente porque las fuerzas del capital, los poderosos, no se van a dejar derrocar con fácilidad, tal y como pudo verse en los cuatro ejemplos citados. Por ahora se limitan a enviar a la policía, pero no tanto en modo de represión si no como para mantener el orden que ellos mismos han establecido. Lo vemos tanto en Barcelona como en Egipto, pasando por cualquier lugar del sodomizado mundo. Lo que pasaría si surgiesen movimientos anticapitalistas y revolucionarios, ya lo sabemos: echen un ojo a la Europa de los años 20 y 30.

Es muy honrado y bonito ser pacifista, querer que todos vivamos en paz. Pero no se puede ser pacifista durante una guerra al menos que se tenga intención de perderla. Ya apuntaban algunos filósofos y políticos hace casi dos siglos de que la Historia de la Humanidad es la Historia de la lucha de clases. Eso a lo que han decidido llamar conflicto social (materializado por huelgas y movimientos obreros) no es si no una guerra de clases, una infinita batalla. Recojamos las ilustradoras palabras del multimillonario David Rockefeller:
''Esto es una lucha de clases y nosotros vamos ganándola''
Si al señor Rockefeller y a sus respectivos compinches les espera una respuesta que consista en manifestaciones pacíficas y en partidos políticos socioliberales, no sería de extrañar que se echasen a reir mientras brindan con champán. La respuesta de los trabajadores, incluída la alienada clase media, debe ser homologable a los ataques que sufrimos.

Es de pura lógica que la única solución para destruir al capitalismo es la violencia. Otra cosa es lo acobardados que estemos, precisamente por los medios que, comprados por la plutocracia, nos manipulan día tras día.


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